miércoles, 26 de diciembre de 2018

Menta: usos, propiedades medicinales y contraindicaciones




La menta hoy se encuentra en todo su esplendor… es una planta medicinal con una variedad de propiedades: acción digestiva, antiinflamatoria, expectorante, carminativa, antiespasmódica, aperitiva, antigripal, colerética, antiséptica, mucolítica, antirreumática, analgésica, antibacteriana, colagoga, antitusiva, antifúngica y descongestionante de las vías respiratorias.
Se puede usar de forma interna en infusión, aceite esencial (si no conocés su origen, debe tener una etiqueta que indique explícitamente que es apta para uso interno) y en tintura. Para usos externos la podemos utilizar en baños, vahos, aceite esencial, cataplasmas, etc.
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Usos medicinales de la menta

Menta para digestiones lentas y pesadas > la infusión o tintura de menta se utiliza con éxito para mejorar las digestiones lentas y pesadas debido a su efecto digestivo (promueve la buena digestión de los alimentos).
Menta para gases y flatulencias > gracias a su acción carminativa, la infusión o tintura de menta es un remedio natural para prevenir y aliviar los gases del tubo intestinal y la hinchazón.
Menta para el dolor de cabeza > el dolor de cabeza, ya sea migraña o jaqueca, puede estar ocasionado por cientos de causas diferentes. Las malas digestiones y el mal funcionamiento de nuestro sistema digestivo es una causa del dolor de cabeza o cefalea.
Menta para la fatiga > esta hierba medicinal se utiliza para combatir la fatiga mental y física e incluso para los periodos de convalecencia. Al tener acción estimulante resulta ser un remedio natural muy útil para mejorar estos casos.
Menta para tos, bronquitis, gripe y resfriado > la menta tiene efecto descongestionante, expectorante y antiséptico, una combinación de propiedades medicinales excelentes para mejorar los síntomas de bronquitis, gripe y resfriado de forma natural. Otra gran cualidad de la menta es la de aliviar la tos incluso si hay espasmos.
Menta para los hongos de la piel y uñas > una de las acciones de la menta es antifúngica, es decir, que elimina los hongos. Para estos casos se aplica de forma tópica un emplasto con menta o bien aceite esencial de menta mezclado con un aceite base si es en la piel (dermatomicosis), o se puede aplicar el aceite esencial directamente con un bastoncillo o gasa si queremos eliminar los hongos de las uñas (pie de atleta).
Menta para eczema, dermatitis y urticaria > puede aliviar los casos de eczema y de urticaria si la aplicamos de forma tópica y local. Incluso, para aprovechar sus propiedades antisépticas, podemos utilizar la infusión de menta para limpiar heridas y picaduras de insectos y para aliviar el picor de éstas últimas.
Menta para neuralgias > los dolores cuyo origen son de tipo neurológico pueden ser aliviados con la menta y se puede usar tanto de forma interna (en infusión o tintura) como de forma externa (uso tópico con aceite esencial o con cataplasmas).
Menta para la inflamación y el dolor > para casos de golpes, esguinces, torceduras, y también pueden aprovechar su acción antiinflamatoria personas con artritis y en general con dolencias agudas y crónicas que incluyan la inflamación como síntoma o consecuencia.
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Contraindicaciones y uso seguro de la menta

Debido a su efecto estimulante, tanto la infusión como la tintura y el aceite esencial de menta pueden producir insomnio en algunas personas si se usa por la noche.
No está recomendado el uso de aceite esencial de menta de forma interna durante el embarazo y la lactancia ni tampoco en niños menores de 6 años.
No se debe usar el aceite esencial directamente sobre la piel, se debe mezcla con un aceite base como por ejemplo el aceite de almendras dulces, aceite de argán, aceite de oliva o incluso aceite de coco.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El cocinero de Nochebuena


Este cuento relata la historia de un cocinero que tenía que preparar una deliciosa y sabrosa cena de Nochebuena. Siempre se le ocurrían ideas brillantes, pero había trabajado tanto los meses anteriores que no estaba nada inspirado, perdió su imaginación en un momento tan importante del año.
Se pasaba el día ideando menús navideños, pero ninguno de ellos lograba satisfacerle. Y entre menú y menú desechado, llegó la víspera de Navidad. Tan cansado estaba el cocinero, que se quedó profundamente dormido en la mesa de la cocina rodeado de libros y cuadernos de recetas.

En sueños, se vio a sí mismo convertido en Papá Noel, con un abultado saco al hombro y viajando a bordo de un trineo que se deslizaba tirado por una fuerza invisible, sin ciervos ni renos. No sabía hacia donde se dirigía pero parecía que el trineo sí sabía cuál era su lugar de destino.
Finalmente, el trineo se detuvo ante la puerta de una rústica casita en el bosque, de cuya chimenea escapaba un inmaculado y cálido humo blanco. Llamó a la puerta y ésta se abrió inmediatamente, pero nadie apareció tras ella. El cocinero entró y se encontró un salón con decorado navideño, lo que le provocó una profunda y tierna sensación hogareña.
Allí había una chimenea encendida que iluminaba toda la habitación con sus llamas y de ella colgaban varios calcetines que esperaban a estar llenos de regalos. En el centro del comedor había una acogedora mesa, con velas encendidas y con todo dispuesto para ser cubierta con ricos manjares. En la casita no había nadie pero, sin embargo, se sentía acompañado por presencias invisibles.
Depositó el saco en el suelo y empezó a latir su corazón a gran velocidad y a temblarle las manos mientras abría la bolsa que no sabía lo que contenía sentado en una mullida butaca junto a la chimenea. Lo primero que apareció fue una bella sopera con una reconfortante sopa de crema, hecha con una gallina entera, aderezada con unos diminutos dados de su pechuga.
Levantó la tapa y una oleada de vapor repleto de aromas empañó sus gafas. Después, un dorado y casi líquido queso Camembert hecho al horno, con aromas de ajo y vino blanco, acompañado de un crujiente pan hizo que su boca se llenara de agua; hundió la nariz en él y lo depositó sobre la mesa.
Su tercer hallazgo fue una pierna de cerdo rellena con ciruelas pasas y beicon ahumado que venía acompañada de un sinfín de guarniciones, cada cual más apetitosas: cremoso puré de patata aromatizado con aceite de ajo y con mostaza, salsas agridulces y chutneys irresistibles, compota de manzana con vinagre y miel... ¡de ensueño!.
Dispuso la inmensa fuente en el centro de la mesa y aspiró los intensos aromas que aquella sinfonía de contrastes culinarios le ofrecía. En un rincón del salón, reparó en una mesita auxiliar dispuesta para los postres y allí colocó un crujiente strudel de manzana y nueces y una espectacular anguila de mazapán, una dulcera de cristal que albergaba una deliciosa compota de Navidad al Oporto y un insólito helado de polvorones.
Apenas podía creer lo que estaba sucediendo, se sentía embargado por la emoción. El menú tocaba a su fin y comprendió que era hora de abandonar aquella cálida casita, para dejar que sus moradores disfrutaran en la intimidad de las exquisitas viandas que había traído en su saco.
Pensó que los manjares se enfriarían si no lo hacían pronto, pero comprendió que el calor, material y espiritual, que invadía todos y cada uno de los rincones de la estancia se encargaría de mantenerlos a la temperatura adecuada. Como toque final a su visita, llenó los calcetines de la chimenea con figuritas de mazapán, polvorones y turrones, que sin duda harían las delicias de los niños... y de los menos niños.
Le despertó el borboteo de un caldo que había dejado en el fuego y que amenazaba con desbordar el puchero. Era ya de madrugada, pero aún tenía tiempo de ponerse manos a la obra y elaborar el menú de la casita del bosque. La fuerza invisible que guiaba el trineo no era otra cosa que el amor que el cocinero sentía por el mundo de la cocina.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

HUERTA EN VERANO ¿QUÉ HACEMOS?


Nuevamente llega este tiempo y la huerta nos muestra su lado “más amable”

El período primavera-verano se destaca por la disponibilidad de luz solar, una condición indispensable para que crezcan las hortalizas de fruto como zapallos, zapallitos, pepinos, sandías, melones, tomates, berenjenas, pimientos, porotos y maíces. De igual modo, prosperan otras especies como albahaca, radicheta, rúcula, acelga, batata y papa.

Las hortalizas de época necesitan calor y más de 8 horas de sol para un crecimiento saludable. La demanda de intensidad depende del tipo de hortalizas: las de fruto son las más exigentes y se ubican en la zona más soleada de la huerta, mientras que las de raíz se adaptan a un sector intermedio.

Con respecto a las hortalizas de hoja, requieren menos luz y permiten aprovechar los lugares de sombra. No obstante, debemos mover las plantas cuando se vuelven pálidas, ya que es un síntoma de que la intensidad de luz es insuficiente.

Es muy importante el estado nutricional del suelo para tener éxito en el cultivo y la incorporación del compost –antes de la siembra– como estrategia fundamental para restituir y mantener la fertilidad del suelo. El agregado de compost o de lombricompuesto le asegura a la planta una nutrición equilibrada y un rápido crecimiento inicial.

Una estrategia para que las plantas crezcan más rápido es colocar las semillas en un tazón con agua durante dos días. Esta técnica agiliza el proceso de germinación y permite que los cultivos cubran con mayor uniformidad la superficie.

Además recomiendo la adopción de la “falsa cama” para disminuir la población de malezas y evitar que no compitan con los cultivos. Esta práctica consiste en trabajar el suelo, darle un tiempo –cerca de una semana– para que las malezas germinen y eliminarlas con la ayuda de un rastrillo. Luego resta regar y sembrar las especies que nos interesan en la huerta.

Por último: debemos proteger el suelo con coberturas de alrededor de 2 cm compuesta por restos orgánicos como paja, hojas, cáscara de arroz, pasto seco, yerba, etc. Esto disminuye la velocidad de impacto de la gota de lluvia, evita la erosión, favorece la penetración de agua en el suelo y mejora la economía de humedad en la planta.

Además de conservar la humedad en el suelo, también protege los cultivos en tiempos de alta temperatura. En verano, cuando los rayos de sol son muy fuertes, recomendamos armar reparos con ramas, arpillera o mediasombra y aprovechar los espacios de sombra.

Más allá de los cultivos de verano, tenemos la posibilidad de recuperar las plantas que quedaron del invierno para producir semillas. Si bien muchas de las plantas pueden ser recolectadas para consumir, siempre es útil dejar algunas para que puedan completar todo su ciclo y así lograr la autoproducción de semillas.

Esta práctica puede aplicarse a especies como rabanito, acelga, lechuga, perejil y rúcula. También se adapta a habas y arvejas para las que debemos dejar algunas vainas en la planta y cosecharlas cuando ya estén secas.

Me despido y te recuerdo que ya podes acceder al kit de semillas gratuitas del INTA primavera-verano.
Como siempre, para quienes las deseen se pueden comunicar a través de:
Facebook: Mely Plato Radio
Mail:
 
platomely@yahoo.com.ar
Página: www.melyplato.com.ar
Mely Plato, promotora del INTA y conductora radial.


miércoles, 5 de diciembre de 2018

Historia o realidad: “Por una Semilla”

Cuando a Amanaje le comunicaron que no podía plantar más de su semilla se le escapó una sonrisa en su rostro. Pensó que era una broma, y si no fuera porque se lo decían como enojados se hubiera echado al suelo a reírse con gusto. Ya hasta se le dificultaba recordar cuantas generaciones llevaba ese pequeño granito de maíz en su familia, y ahora se lo prohibían.

Les dijo que sí que no se preocuparan, pero en verdad no alcanzaba a vislumbrar lo grave de la cuestión. Era la primera vez, que esos hombres vestidos con trajes llegaban hasta su lejana población. Según ellos, sólo venían a advertirle y no querían tener que volver porque tal vez entonces, los modos serían distintos. Y mientras Amanaje pensaba que sería eso de “modos distintos” los hombres se retiraban hablando entre ellos.

A sus espaldas, quedó el silencio, los árboles batiéndose al viento, y las preguntas. ¿Quiénes eran? ¿Cómo saberlo si no se les veían los ojos detrás de las gafas negras? Pero Amanaje prefirió no saberlo. En la aldea, otros pobladores habían recibido la misma visita y tenían miedo, otros no conseguían tomar en serio tal absurdo. Entonces, se reunieron en asamblea, pensaron en conjunto y decidieron continuar con sus vidas como si nada hubiera acontecido. Así, pasó una semana tal vez dos. Los campesinos cosecharon el trigo y como de costumbre guardaron poco menos de la mitad en sus almacenes para el próximo cultivo, todas las familias tenían en sus casas un lugar reservado para el banco de semillas. Y un día cuando el sol estaba atravesando el centro del cielo, los hombres volvieron.

Esta vez, traían consigo pesadas bolsas de semillas, y las ofrecían amablemente alegando que eran superiores a todo lo antes visto. No requerían trabajo alguno. Si querían plantar en los pastizales tiraban un líquido que ellos mismo producían y la tierra quedaba limpia y pronta para el cultivo, luego se lanzaban las semillas y unos días después un mejorador para ayudarlas a crecer, después sólo quedaba esperar, además, ningún bicho incomodaría a la plantación.

– Les agradecemos, pero nosotros tenemos nuestras propias semillas –respondieron los pobladores.
– Y, además, no tenemos dinero –decían otros.
-Sus semillas ¿soportan el fuego? –preguntó uno de los hombres.
Pero nadie comprendió esa pregunta que tuvo como respuesta un gran silencio de montaña.
Los hombres se fueron, pero dejaron en cada casa un paquete de semillas sin pedir a cambio ni una moneda.
–Experimenten, es la única forma de comprobar –les decían.

Los campesinos, quedaron el resto de la tarde pensando, en silencio, en un estado casi meditativo. Ninguno conseguía abarcar los hechos, nadie comprendía. El sol se durmió en el lomo de una montaña, mientras la luna despertaba en otra. La aldea quedo en el mayor de los silencios: el silencio de los sonidos nocturnos, cuando en medio de la noche los sorprendió una luz intensa y todos salieron a ver.

El fuego ardía sobre al menos tres plantaciones, algunos campesinos se pusieron a desviar las acequias hacia el lugar y otros se pusieron a danzar y a cantar. La lluvia no tardó en llegar, les obedecía como a pocos. Dicen, que en la ciudad no cae lluvia, pues allí no falta. Y el fuego se fue, dejando en cenizas las plantaciones.

Los pobladores no dejaban de mirarse unos a otros atónitos, algunos recordaban las historias de guerra de sus abuelos y querían espantarlas de su memoria. ¿Otra vez el hombre blanco en tierras ajenas? Tan lejos se habían retirado a donde ya nadie quiere estar, todo para poder estar en paz y ahora el fuego…Se reunieron en medio de la noche en una gran casa de paja y largas horas debatieron hasta que decidieron que debían enviar a Amanaje a la ciudad. El averiguaría que estaba sucediendo. Pero antes debían proteger las semillas

Una semana entera estuvieron metidos en el monte hasta que al fin lo consiguieron. Construyeron varios almacenes separados para guardar los valiosos granos. Y como no olvidaban un antiguo dicho que decía que el mejor lugar para guardar las semillas es la tierra, plantaron, en varios lugares donde el sol llegaba al menos unas horas en el día diferentes especies que llevaban consigo desde hacía muchos años. Así fue, que Amanaje partió a la ciudad enterado por sus padres de que había una pequeña casa que albergaba a los pobladores que estaban de paso. A poco tiempo de llegar Amanaje se sentía muy cansado, no podía respirar el aire de allí sin sentirse dañado. Todo era muy rápido, y todo el tiempo se veía atrapado entre masas de transeúntes que lo empujaban de aquí para allá. Luego de algunas horas llegó a la casa de la que le habían hablado y la encontró vacía, con puertas y ventanas tapadas con maderas. Quiso preguntar qué había pasado pero nadie le entendía o no le querían responder.

La noche lo encontró vagando sin rumbo por las calles de la ciudad, no tenía a donde ir y no estaba seguro de cuál era su misión allí. Durmió con los ojos abiertos en el banco de una plaza esperando el amanecer para sentir un poco de calor.

-Dígame- lo sorprendió una voz de mujer- usted con seguridad no es de por aquí. ¿O me equivoco?

Y todavía no había respondido cuando la mujer agregó: -Acompáñeme, debe tener hambre. Amanaje la siguió todavía sin poder emitir palabra alguna, no conseguía sacarse la modorra de encima.

-¿Que hace por aquí un nativo de las montañas? –Pregunto ella.
– Pues, es una cuestión de semillas. –Dijo él.

Era la primera vez que pisaba la ciudad y nunca se había imaginado que a veces ocultar la verdad es más seguro que expresarla. Ella lo llevó a una habitación pequeña en un apartamento humilde. Sabía o suponía de donde venía. Intuía que lo traía a la selva de cemento y quería ayudarlo. Ni se imaginaba lo extraño que se sentiría un aborigen en un lugar tan horrible.

– ¿Es que llegaron a su aldea con la prohibición de las semillas? –Preguntó ella.
-Sí. ¿Cómo es que usted sabe? –Respondió el con ingenuidad
-No pensé que demorarían tanto, acá en la ciudad, en los campos cercanos y también los lejanos ya nadie puede plantar una semilla que no sea comprada.
– A los señores de negro. –dijo Amanaje.
-A los señores de negro. –repitió ella.
Y señalando un ropero que abrió con una mano le dijo sonriendo: -Mire, así si se puede plantar, mientras ellos no lo sepan.
Dentro del armario había varias macetas con plantas ya grandes, iluminadas por una lámpara.
-Un poco de tierra, bastante paja- continuo sin perder la sonrisa del rostro.
– Ah, y se las riega con agua y orina.
-Sí. Orina. –repitió. A Amanaje le parecía cada vez más bonita.
-Las semillas las escondemos para no perderlas, pero mejor hable usted, que si no habla yo no me callo. Aquí nadie la deja hablar a una demasiado.

Amanaje sonrió sin saber bien porque y dijo: -Los hombres de negro llegaron a mi pueblo, dejaron las semillas y quemaron algunas de nuestras plantaciones. La asamblea me envió para que les lleve noticias de lo que está aconteciendo aquí en la ciudad, donde todo sucede con anticipación.

-Pues lo que pasa aquí, es que ya nadie tiene semillas propias porque las desaparecieron o las contagiaron las plantas deficientes que ellos venden. –dijo la mujer- y si se quiere volver a sembrar hay que comprar mas. Y eso no es todo: si cultivas una semilla propia a siete kilómetros de una de ellos, estas se reproducen y se le transmite a la tuya esa deficiencia.

Y como vio que Amanaje la miraba sin comprender continuo diciendo: -Ellos venden granos que brotan, florecen y hasta dan frutos, solo que las semillas que de ahí salen son estériles. Como en el campo casi todo el mundo compra sus granos, ahora solo queda convencerlos a ustedes. De cualquier manera a cualquier costo.

Amanaje quedo en silencio y ella continuo: – Por cierto, mi nombre es Luz. El respondió con su nombre y le extendió la mano. Ese día descanso en la pequeña habitación mientras luz salía a trabajar.

A la noche ella le informó bastamente acerca de la situación. Algunos, los mas jóvenes, intercambiaban semillas a escondidas, plantaban en armarios, con agua y sin tierra; otros llevaban sus plantas a los montes y las visitaban de vez en vez. A veces aparecían arboles plantados en cualquier esquina, cualquier noche oscura. Era la resistencia.

Los más comían verduras casi sin nutrientes. Los menos intentaban, al menos, plantar plantas donde no eran observados. Así pasaron algunos días durante los cuales Amanaje conoció varias personas. Ellos interesados por el. El por ellos. Aprendió y enseñó durante horas de encierro. No podían hablar de cosas semejantes en plazas o parques. Tenia que ser en cuartos cerrados o en algún monte cercano que, dicho sea de paso, había pocos. 
Los únicos arboles estaban en las plazas, o bien lejos del centro, y no daban frutas. Una estrategia para venderlas en el mercado, decían sus nuevos amigos.

Hasta que llego el día en que el joven aborigen decidió regresar a su población. No soportaba mas pisar cemento y no tierra. Andar calzado. Usar ropas. Así que hablo con Luz y le propuso que lo acompañase. Si le gustaban las plantas aquel lugar le iba a encantar. Ella dudo varios días y luego se entregó a la fluidez de los acontecimientos. Dejo su trabajo, le encargo a sus amigos el cuidado de sus plantas de armario y partió con Amanaje.

Cuando llegaron a la aldea la situación no era mucho menos agradable. Los hombres de negro habían regresado por el resto de las plantaciones y los pobladores estaban desesperanzados. Unos habían decidido partir para la ciudad. Otros ya estaban queriendo plantar las semillas extranjeras.

A unos Amanaje les contó la odisea de la vida en el cemento y a los otros les explicó la situación de las plantas en el mundo, unos escuchaban atentos, otros se dejaban llevar por la tristeza. Todos estaban alimentándose a base de lo que almacenaban durante cada cosecha y algunas frutas y hierbas de los montes, pero les preocupaba qué pasaría cuando ya no les quedara nada y no pudieran volver a sembrar. En asamblea se decidió desaparecer los paquetes de semillas de los hombres de negro, así nadie pensaría en usarlas. Se las llevaron lejos para no despertar sospechas y las lanzaron en una gran hoguera con cánticos y danzas.

Ahora se plantaría en silencio, se organizaron en grupos y entraron en el extenso monte del que eran protectores y que conocían como sus propios cuerpos, a un lado y al otro de la montaña se hicieron plantíos diseminados, sin caminos. No precisaban de ellos.
Los espacios plantados eran tan pequeños que de arriba no se veían y de abajo no se distinguían. Todos estratégicamente ubicados para que no les falte el sol.
Las semillas guardadas en la tierra. –repetía Amanaje.

Luz estaba sorprendida, miraba a un lado y al otro árboles diez veces más grandes que los que ya había visto. Gente moviéndose como hormiguitas en cada espacio. Ella había traído sus semillas y las plantaba junto con las de Amanaje, los dos se miraban y no llegaban a comprender que extrañas circunstancias los habían unido.

– Las semillas. –pensaban ambos, y sabían que la idea les surgía a los dos por igual y en el mismo momento.
– Las plantas, la vida…

Su grupo los dejó atrás mientras plantaban un manzano, ella dejó caer sus labios sobre los de él cómo por accidente y el los acepto. Luego se quedaron sin palabras como si ese silencio que el traía de las montañas se hubiese apoderado de todo el ruido que ella traía de la ciudad.

Unos días después, los hombres de negro volvieron sonriendo.

-¿Plantaron las semillas? –preguntaron. Pero nadie respondió.
Entonces los hombres dieron una larga caminata y no encontraron ninguna plantación.
-¿Qué paso con las semillas?

Silencio. Los pobladores habían decidido no hablarles.

Cuando se encontraron con Luz imaginaron que algo estarían tramando y tomaron represarías.

Golpearon, insultaron, amedrentaron pero no consiguieron una sola palabra. A causa de ello algunos aldeanos se sintieron vencidos y marcharon a la ciudad. Los que decidieron quedarse se turnaban para salir en grupos al monte a sembrar semillas.

Para los hombres de negro esta aldea no era de mayor importancia por plantar sólo para el consumo propio y no para el mercado, pero no podían soportar que alguien no comprara sus semillas. Por eso volvieron y se internaron en el monte pero pronto se perdieron.

Amenaje los seguía sigilosamente sin que lo vieran y les dejaba marcas para que siguieran el camino equivocado. Ellos lo seguían.

Pasaban las horas y los hombres desesperaban. Al caer la noche los hombres seguían perdidos y no tenían ni un fósforo para encender una fogata. Al poco rato la fría oscuridad de la montaña les envío una helada. Sus dientes rechinaban y sus cuerpos no paraban de temblar. Amanaje, hijo del monte, estaba como en su casa y cantaba a los espíritus protectores de los árboles y las plantas. Los hombres de negro nunca habían sentido tanto miedo, no solo por los extraños cánticos, sino también porque los espíritus venían y danzaban a su alrededor.

Al amanecer Amanaje estaba sentado al lado de la cama de Luz observándola dormir. Ella despertó y el fue su primera visión. Se abrazaron y ese abrazo es, fue y será un abrazo atemporal, que dura con y a pesar del tiempo. Ella decidió cambiar el cemento por el barro y las plantas del armario por los montes. Muchos de sus amigos hicieron lo mismo cuando se enteraron de la victoria.

De los hombres de negro no se supo nada más, si despertaron seguro estarán perdidos en las montañas por siempre, si no lo hicieron podría decirse que se los comió la tierra.